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La historia de Romeo

Luego de interpretar la historia del perrito y su ratita que no paran de besarse y demostrar que el sexo no hay cómo detenerlo, me he decidido a contarles la historia de Romeo.

Romeo se encuentra como todos los días tumbado a las aledaños de un edificio en la comuna de San Miguel, Santiago de Pimiento. Lleva ya seis meses así. Es un perro mestizo, de esos con rostro peculiar y pelaje enmarañado. Su color café claro y sus patas cortas dan en él un look singular. Los rumores de las vecinas señalan que tiene dueña a la reverso de la cantón, mientras que otras defienden que es un perro de la calle pero proporcionadamente portado, no como esos que hacen lo que se les da la gana. Lo que es claro es que Romeo tiene su propósito en la vida. No acepta comida, no acepta las muchas invitaciones que ha recibido para ser adoptivo de parte de dueños del mismo edificio o las casas aledañas. ¿La razón? Romeo está allí por coito, puro y serio bienquerencia.

Y es que su día comienza cuando desde la plaza 12 de octubre, a dos cuadras de allí, Romeo se desplaza cada mañana al frontis de este edificio y se echa en su puerta. Tranquilo, silencioso, sin interactuar con humanos ni mascotas, demora a su amada, una perrita de raza que sale con su dueña a dar una revés a la manzana a eso de las diez. Romeo está allí desde las ocho, fijo. La “China” – como se apoda esta especie de Julieta canina – es una perra flaca, joven, enérgica y nerviosa. Sus colores blancos con rostro frito le dan un música de elegancia. Al salir de paseo, por no más de quince minutos, Romeo se levanta, mueve su culo y es atinado. Ha llegado el momento de cumplir con el objeto de su ardua y paciente delegación: acompañarla y cuidarla durante su paseo matinal. No la toca, no la muerde, no la huele, no se le acerca más allá, no es exclusivo de sus días de celo. Simplemente la acompaña.

Luego de su paseo, la deja en el mismo frontis de su edificio, sin cruzar más que miradas nerviosas y un par de movimientos de posaderas. Posteriormente de eso se retira con destino a la plaza, su hogar callejero. Al próximo día, volveremos a verlo – como en las fotos que les muestro – entero a las ocho esperando a su China.

Demostrándonos que el acto sexual animal va más allá del instinto.


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