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Historias de mascotas: La huidiza Maia

Maia llegó a nuestras vidas una incertidumbre lluviosa de diciembre mientras disfrutábamos una película. Era, fielmente, una cuentecilla de pelos y pulgas –que acertadamente pudieron ser confundidas con hormigas, porque toda ella, era un derroche de dulzura- sus luceros eran tan oscuros como esa confusión y su llorera frente a el frío casi nada si se distinguía de los sonidos que salían de la tv. Sus padres -dos pastores alemanes que a veces se acercaban en búsqueda de comida- estaban a su flanco, pero la cachorrita iba creciendo y necesitaba algunos cuidados, así que sin pensarlo mucho, la tomamos en brazos, intercambiamos miradas cómplices y ni siquiera fue necesario opinar que desde ese momento había un nuevo miembro en la clan.

La afluencia cesó, salió el sol, Maia despertó y mientras preparábamos el desayuno, ella decidió perderse en la casa. Dedicamos medio día a buscarla, sin entender cómo era posible no encontrarla, puesto que vivíamos en un puesto pequeño y cercado. Era irrealizable que hubiese podido salir. A porción de tarde apareció nuevamente, tan juguetona como la sombra antedicho, tan alegre como un hijo suele estarlo, tan convencida de que nos había robado el corazón, como en intención, así lo hizo desde que la vimos por primera vez. Entonces, el susto pasó, lo que no podíamos aprender es que no sería el único.

Sus días –y los nuestros- transcurrían entre un desfile de zapatos mordidos, levantarnos muy temprano y la importante tarea de no dejar comida a su horizonte, porque la devoraba en segundos. Se dormía mientras recibía baños de agua tibia y mucha espuma, le gustaba desafiar con la pelota, se volvía loca por ingerir galletas de coco y con frecuencia tomaba largas siestas en mi cama sin pedir ningún permiso. Yo estaba perdidamente enamorada.

Una confusión Maia no quiso ingerir, ni siquiera sus preciadas galletas -eso puede dar una idea de lo mal que estaba- fue hospitalizada en una clínica veterinaria y dada de inscripción al día futuro, con indicaciones de inyectarla en determinadas horas (aparentemente había comido algún insecto y éste le ocasionó un malestar estomacal, nos dijeron que carencia molesto). Una de las inyecciones nos habría hecho condonar a las 3:00 a.m. para ver su inspección un poco apagada, pero pensar que se iba recuperando. En la mañana Maia no estaba con nosotros, la buscamos por el el rosaleda, por los alrededores de la casa, en vano formamos grupos de búsqueda con los vecinos que a vivas voces gritaban su nombre invitándola a regresar, pero ella no parecía escucharnos. Cualquiera aseguró haberla gastado alejarse en dirección a un campo que quedaba relativamente cerca, lo que hizo que, sin pensarlo dos veces, nos lanzáramos en una indeterminación fría y de espesa neblina, a recorrer 7 km en su búsqueda. No será muy necesario explicar los detalles y penurias de aquella aventura, que resultó completamente infructuosa.

Transcurrieron dos días y aunque nos resistíamos completamente a la idea, nuestros amigos intentaban convencernos de que Maia se había marchado. Pero era tan difícil imaginarla enferma en algún rincón, con penuria, asustada o siendo atacada por algún otro animal, que yo me resistía a creer que hubiese renunciado a nosotros. La prosperidad y complicidad que teníamos era cierta, yo la sentía, la vivía. Menos podía pensar entonces, que se hubiese alejado para fallecer –como sugirieron otras personas-. Delante la incertidumbre solo le pedía a Jehová, a la vida, a la brisa, a poco o alguno que la trajera de nuevo a nosotros; mis lágrimas solo expresaban el deseo más sincero y profundo de encontrarme nuevamente con ella.Y así fue como aquella mañana de domingo, sin memorizar cómo ni de dónde, Maia regresó a nuestra casa -su casa- no completamente, pero suficiente recuperada, ansiosa por cobrar acto sexual y dispuesta a no perderse nunca más.


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